Aylés Immortalis Garnacha 2022

Una Garnacha salvaje clásica de Aragón, claro ejemplo de la perpetuidad del vino.

8,30 €0,75 l.

/ bot. 0,75 l · IVA incl.

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Ficha técnica del vino

Tipo de vino
Tinto
Variedad de Uva
100% Garnacha
Añada
2022
Volumen
0,75 l.
Alcohol
15 %
D.O.
D.O. Calatayud

Contiene sulfitos

Notas de cata

Color cereza intenso con ribete violáceo. Aromas de fruta roja madura, hierbas de monte y especias. Boca amplia, cálida y envolvente.

Maridaje

Carnes a la parrilla, guisos de caza y quesos curados.

Viticultura y vinificación

Immortalis Garnacha 2022 se elabora con Garnacha tinta de la D.O. Calatayud, a partir de viñas viejas en vaso trabajadas con rendimientos muy bajos (máximo 2500 kg/ha) y vendimia manual (en la segunda semana de octubre), en un clima continental-mediterráneo con escasas lluvias. Se trabaja en viñedos de alrededor de 40 años, situados entre 700-950 m y sobre suelos arcilloso-calcáreos con presencia de pizarra. En bodega, se realiza maceración en frío y fermentación en depósitos de acero inoxidable a temperatura controlada (15-16 ºC), y después pasa 5 meses en barricas de roble francés.

Certificaciones, puntuaciones y premios

Medalla de Oro en International Wine & Spirits Awards 2020. 93 puntos James Suckling.

Origen y tradición

Pago de Aylés es el único Vino de Pago de Aragón, una figura singular dentro del sistema español pensada para fincas concretas con normas más estrictas y personalidad propia (en todo el país hay apenas una veintena de pagos). Su origen está íntimamente ligado a la histórica Finca Aylés, documentada desde la Edad Media. El proyecto moderno arranca con la familia Ramón Reula en la década de 1980, cuando emprenden la reunificación de distintas propiedades que habían pertenecido a la finca original, hasta recomponer un conjunto de más de 3200 hectáreas, convirtiéndola en una de las mayores extensiones de Aragón. La zona ya aparece en documentos del siglo XII, cuando Alfonso II cedió estos terrenos a monjes cistercienses, considerados los primeros vendimiadores del paraje. Cinco siglos después, las tierras dejaron de estar en manos del clero, pero la vocación vitícola del lugar quedó marcada desde entonces.