Fantástica variedad de vinos y espumosos, llegaron súper rápido y perfectamente embalados. Recomiendo al 100%.
Aitor Zapata
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La Chardonnay es de esas uvas que salen bien casi en cualquier sitio. Por eso la encuentras lo mismo en Borgoña, que es su cuna, que en Chile, Australia o California. En España no es la más plantada, pero deja vinos que valen la pena, sobre todo en el Somontano y en el Campo de Borja, donde el fresco de la noche compensa el calor del día y la uva no se pasa. También se cuela en algunos Cava, aunque ahí las uvas de siempre sean el Macabeo, el Xarel·lo y la Parellada.
Tiene una particularidad: apenas impone sabor propio, se deja moldear. Si el vino no ve madera, sale afilado, con esa punta de cítrico y manzana que despierta el paladar. Cuando pasa por barrica cambia el cuento. Aparecen la mantequilla, algo de vainilla, el pan recién hecho, y en boca pesa más. Por eso hay Chardonnays para casi todo.
Es, además, una de las uvas principales del champán. En Champagne, casas como Maison Ruinart la usan sola en sus blanc de blancs, espumosos muy finos con recuerdo a bollería.
El Chardonnay se elabora casi siempre en seco. La sensación dulce viene de la fruta madura de los climas cálidos y de la crianza en barrica, no del azúcar. Los vinos con azúcar notable son de postre o espumosos dulces, una minoría dentro de la variedad.
Depende de dónde crezca y de cómo se elabore. Uno de clima fresco sabe a manzana verde y limón, con acidez viva. Uno de clima cálido o con paso por barrica gana melocotón, fruta tropical y toques de mantequilla y vainilla.
Un Chardonnay joven sin barrica va con el aperitivo, el marisco y el pescado a la plancha. Uno con barrica pide aves, pescados en salsa, arroces melosos y quesos curados. Es un blanco cómodo para una comida de domingo o una cena con invitados; en versión espumosa, para brindar.
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Así de fácil.